Una cruel foto de la realidad: Retiro a las 4 de la mañana

Cualquiera puede verla si recorre la terminal de Retiro, de madrugada. Sucede en el distrito más rico del país, en plena Buenos Aires, en plena terminal de colectivos que, a otras horas, es uno de los lugares más transitados de la ciudad. Yo la vi, y sigo igual. Como si esta postal no abriese la conciencia plena y absoluta de que un pacto humano básico ha sido quebrado.

Caminar por la terminal de Retiro es siempre una experiencia incómoda: casi todo es sucio, roto, feo, devuelve mal trato, expulsa. Llegué allí primero un viernes por la noche, ya de madrugada, por un viaje que tocó en vísperas de fin de semana largo. Capee las dos horitas de demora con las que las empresas líderes del transporte reciben al turista, intentando encontrar un lugar bajo techo para sentarme. Ilusa. Claramente el lugar está calculado para albergar una cantidad de cuerpos sensiblemente inferior a la que arrastra hasta allí el feriado no laborable, aun en plena crisis. Divisé a lo lejos un blanco entre todas las filas de asientos llenas, y allá fui. Resultó que sí tenían destino. Los ocupaban cartones y bolsas como hatos prolijamente acomodados; las únicas pertenencias de dos ancianas que se aprestaban a “acostarse a dormir”.

Volví a Retiro a la madrugada siguiente, de regreso de un viaje rápido. Eran entonces algo más de las 4 de la mañana, casi no había movimiento en la terminal. Y entonces los vi: Decenas y decenas de cuerpos de marginales, llegados hasta allí para dormir sentados. Unos pocos afortunados lograron echarse sobre un cartón, en algunos rincones medio escondidos, pero son los menos. Es evidente que no existe tal permiso, que los pasillos deben lucir “despejados”. Por eso la gran mayoría está tirada ordenadamente, en hileras, en los bancos. Como siguiendo un acuerdo tácito, la policía patrulla, pasa por enfrente y los deja estar, a esas horas. De día no se los ve. Tampoco se ven familias con niños, otra restricción que se adivina prefijada.

Es toda gente sola; sola de toda soledad. La mayoría, anciana. Un ejército de sobrantes humanos que vaga de día y se congrega bajo un techo en horas limitadas de la noche, para dormir sentados en hileras. El cuadro es obsceno, y está a la vista de quien lo quiera ver.

Por K.Micheletto

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