HISTORIAS DE COMBATIENTES

Lino José García tiene 58 años, nació en la localidad chaqueña de Machagai («Tierra Baja» en idioma qom) y prácticamente se había olvidado del traje de fajina cuando en abril de 1982 lo llamaron para volver a incorporarse a la unidad militar de Corrientes donde cinco meses antes le habían dado la baja del servicio militar obligatorio.

Las tareas de oficina ya no serían su misión, sino afrontar la guerra por Malvinas en la primera línea de fuego.

«No tomamos dimensión de lo que fue esa guerra y de que Malvinas iba a ser, desde entonces, nuestra vida, en lo que pensamos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos»

Tras obtener la baja, y luego de cinco meses en los que retornó a su vida habitual, debió regresar a Paso de los Libres y de integrar una compañía de servicio pasó, sin preámbulos, a uno de infantería, directamente a un tren con destino a Paraná, donde a su vez lo subieron a un avión rumbo a Comodoro Rivadavia.

Después de una semana de guardia en una refinería de esa ciudad chubutense, abordó un helicóptero que llegó hasta Puerto Argentino, desde donde lo dirigieron a su trinchera, en Puerto Howard.

«Estábamos a 200 metros de la línea de desembarco, algo que no se produjo, pero en un lugar donde tuvimos constante bombardeo naval y aéreo», repasó García .
«Nos metieron de a 100 en lanchones de desembarco, para llegar a un buque de guerra que estaba mar adentro, donde nos recibieron con sopa caliente. ¿Se imagina lo que era eso para muchachos que vimos morir de hambre a compañeros y donde, a lo último, ya nos rebuscábamos con un pedazo de cebolla y zanahoria adentro de un plato de agua caliente?», subrayó.

Desde ese buque de guerra, tras una noche, pasó junto a sus compañeros de prisión al Canberra, el transatlántico donde por tres días estuvo en un camarote de seis camas, con alfombra, agua caliente, música funcional y «pan del día», luego de atravesar los momentos más insólitos de su paso por la guerra.

«Nos trataron realmente muy bien, hasta que llegamos a Puerto Madryn y nos sorprendió la manera en la que nos escondieron, en colectivos y camiones con las ventanillas tapadas con diarios, directo a un galpón para ir después a Campo de Mayo a encerrarnos una semana», recordó el excombatiente.

Sobre el retorno al territorio continental, en junio de 1982, García aseguró que la intención de los mandos de las Fuerzas Armadas, en ese momento, fue «esconderlos» y tratar de promover cierto «olvido» de lo que había sucedido.

«Nos escondieron, para después olvidarnos. Yo, gracias a Dios, pude volver a vivir a mi vida normal, a reinsertarme con un trabajo», remarcó y luego indicó que mientras regresaban al continente tras la experiencia de la guerra los soldados no terminaban de dimensionar lo que habían vivido.

«Teníamos 18 años, sabíamos que íbamos a sufrir, pero no tomamos dimensión de lo que fue esa guerra y de que Malvinas iba a ser, desde entonces, nuestra vida, en lo que pensamos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, con el abandono del Estado y los cambios que propiciaron algunos gobiernos, pero con la contención de la familia«, señaló García.

Dedicado al comercio, casado con Marcela y padre de Nicolás, Federico, Alan y Franco, el exconscripto del Regimiento 5 de Paso de los Libres aseguró que «la cuenta pendiente» del tema Malvinas es que «se tome consciencia de la importancia de recuperar fundamentalmente los recursos estratégicos de las islas», definición que consideró parte de «un legado» de los veteranos hacia el futuro y para las generaciones que vienen.

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